M. K. GANDHI
Existe un Poder indefinible y misterioso que todo lo penetra. Lo siento aunque
no lo vea. Este Poder oculto que se hace sentir desafía, sin embargo,
todas las pruebas porque es completamente distinto a todo lo que percibo a través
de mis sentidos.
Es un Poder que trasciende los sentidos.
No obstante, es posible demostrar, hasta cierto punto, la existencia de Dios.
Aún en los asuntos cotidianos sabemos que la gente en general no sabe
quien gobierna ni por qué y tampoco cómo gobierna. Sin embargo
saben que, sin duda, hay un poder que gobierna.
El año pasado en mi viaje por Mysore, me encontré con muchos aldeanos
pobres y pude descubrir, mediante las preguntas que les formulaba, que no sabían
quién gobernaba Mysore. Decían simplemente que lo gobernaba algún
dios.
Si el conocimiento de esta pobre gente sobre su gobernante era tan limitado,
a mí, que soy infinitamente más pequeño que Dios - más
pequeño que ellos respecto de su gobernante -, no debiera causarme sorpresa
el no haberme dado cuenta de la presencia de Dios, el rey de reyes.
No obstante, yo también siento, como sentían los pobres aldeanos
respecto de Mysore que hay un orden en el universo, que existe una Ley inalterable
que gobierna cada cosa y cada ser existente o viviente.
No es una ley ciega pues ninguna ley que sea ciega puede gobernar la conducta
de los seres vivientes; vida que, gracias a las maravillosas investigaciones
de Sir J. C. Bose, ahora podemos probar que se extiende inclusive a la materia.
Luego, esa Ley que gobierna a toda vida es Dios. La Ley y el Legislador son
uno. No puedo negar la Ley y tampoco al Legislador tan sólo porque sé
muy poco sobre Ella o sobre Él.
Así como mi negación o ignorancia sobre la existencia de un poder
terrenal no me servirá de nada, del mismo modo mi negación de
Dios y de su Ley no me liberará de su acción.
Al igual que una aceptación humilde y silenciosa de la autoridad divina
torna más fácil el camino de la vida, la aceptación de
un gobierno terrenal torna más fácil la vida que se somete a él.
Al paso que percibo oscuramente que todo a mi alrededor cambia constantemente,
muere constantemente, encuentro que por debajo de esos cambios hay un poder
vital que es inmutable, que todo lo reúne, que crea, disuelve y re-crea.
Ese poder o espíritu que da toda forma es Dios. Y puesto que nada de
lo que veo meramente a través de mis sentidos puede o podrá perdurar,
sólo Él es.
Este poder ¿es benévolo o malévolo? Yo lo considero puramente
benévolo. Ya que me es dado ver la perduración de la vida en medio
de la muerte, la perduración de la verdad en medio de la mentira y la
perduración de la luz en medio de la oscuridad, deduzco de ello que Dios
es Vida, Verdad, Luz. Él es Amor. Es el Bien Supremo.
No obstante, Él no es un Dios que simplemente satisface el intelecto,
si es que alguna vez lo hace. Dios, para ser Dios debe gobernar el corazón
y transformarlo.
Debe expresarse hasta en el más íntimo acto de Su devoto. Esto
sólo puede darse mediante una comprensión definitiva y mucho más
real que la que jamás podrían producir cualquiera de los cinco
sentidos.
Las percepciones de los sentidos pueden ser - y con frecuencia lo son - falsas
e ilusorias, a pesar de que a nosotros nos puedan parecer muy reales.
Pero cuando la comprensión no se produce con los sentidos, es infalible.
Esto se ha comprobado, no por medio de una evidencia externa, sino por la
transformación de la conducta y del carácter de aquellos que han
sentido en su interior la presencia real de Dios.
Semejante testimonio puede hallarse en la cadena ininterrumpida de los profetas
y sabios de todos los países y todos los climas. Rechazar esta evidencia
es negarse a sí mismo.
Dicha comprensión está precedida por una fe inamovible. Aquel
que quiera comprobar en sí mismo la presencia de Dios puede hacerlo mediante
una fe viva. Y puesto que la fe no puede ser probada mediante una evidencia
externa, el camino más seguro es creer en el gobierno moral del mundo
y, en consecuencia, en la supremacía de la ley moral, la ley de la Verdad
y del Amor.
El ejercicio de la fe será lo más seguro allí donde
haya una clara determinación de rechazar sumariamente todo lo que sea
contrario a la Verdad y al Amor.
No puedo explicar la existencia del mal mediante ningún método
racional. Querer hacerlo es sentirse igual a Dios. Por eso soy lo suficientemente
humilde como para aceptar el mal como lo que es. Y denomino a Dios paciente
y sufriente por la precisa razón de que permite la existencia del mal
en el mundo. Sé que no hay mal en Él: aunque exista el mal y Dios
sea su autor, Él permanece inmaculado.
Asimismo, sé que nunca conoceré a Dios si no lucho con y contra
el mal, aún cuando eso me cueste la vida.
Mi experiencia humilde y limitada me ha fortalecido en la fe.
A medida que trato de volverme más puro, me siento más cerca de
Dios. ¿Cuánto más puro he de ser cuando mi fe ya no sea
una mera apología como lo es hoy sino que se haya tornado tan inamovible
como el Himalaya y tan blanca y brillante como la nieve de sus picos?
Entretanto, invito al lector a rezar con Newman, que en sus ejercicios espirituales cantaba:
Guíame,
Luz bondadosa, a través del
cerco de tinieblas;
Enséñame el camino;
La noche es oscura y estoy lejos del
hogar,
Enséñame el camino;
Dirige mi andar; me basta sólo un paso,
Yo no pido ver el paisaje lejano.
M. K. GANDHI Young India, 11/10/1928